Aquí la frontera no es línea; es latido, el que se siente al cruzar la meta.
Maratón de Ciudad Juárez
PHOTOGRAPHY BY Gerardo Sepúlveda
Hay ciudades que se cuentan solas aunque nadie las haya invitado a hacerlo. Juárez es una de ellas. No necesita presentarse: basta el aire que raspa la garganta al amanecer, la línea del desierto empujando desde el horizonte y el paso constante de autos que van y vienen como si la vida estuviera siempre en cambio de turno. Aquí la frontera no es línea; es latido, el mismo que se siente al cruzar la línea de meta.
Correr un maratón siempre será un diálogo íntimo: entre uno y su propio cansancio. En Ciudad Juárez no. Aquí la conversación es más amplia. Uno corre con la ciudad, contra la ciudad y a veces —solo a veces— gracias a ella. Porque Juárez te obliga a mirar más allá del camino: te pone al corriente de su historia antes incluso del primer kilómetro. Una historia que se escapa por las bardas pintadas, por los acentos mezclados en las esquinas, por ese español que ya trae impregnado un inglés que nadie estudió, pero todos hablan.

Maratón Ciudad Juárez

Monumento a la Mexicanidad
La madrugada del maratón tiene un sonido particular. No es silencio: es una pausa. Una tregua diminuta entre los motores que cruzan hacia El Paso y los primeros trabajadores que se mueven rumbo a las maquilas. Y en medio de esa pausa aparecen miles de corredores anónimos, cuerpos que buscan ritmo en una ciudad que aprendió, a la fuerza, a sobrevivir al suyo.
Mientras avanzan los primeros pasos, uno entiende que Juárez no es una ciudad que se deja correr fácilmente. La recta parece interminable; el viento es un personaje invitado que nadie puede ignorar. Te empuja, te reta, te cuestiona. Pero también revela algo: en ese aire seco vive una memoria, la memoria de quienes hicieron de la frontera un lugar habitable, que no es poco. Una ciudad que se ha narrado tantas veces desde afuera que, pero que al correrla, uno la experimenta desde su propia voz.
En la ruta la gente sale con termos de café, con cobijas sobre los hombros. No todas gritan demasiado, pero observan. Y en esa mirada hay algo más que curiosidad. Hay reconocimiento. Una especie de acuerdo tácito entre quien corre y quien vive aquí: ambos sabemos que Juárez es más que un titular, más que un caso de estudio, más que una estadística incómoda. Es una ciudad que madruga y resiste. Que trabaja cuando el sol castiga, que aprende a reír aunque el viento le lleve la voz.
Correr en Juárez es entender su paradoja: estás en México, pero a veces parece que no; estás cerca de Estados Unidos, pero tampoco perteneces del todo. Es un territorio de tránsito permanente, donde la identidad se mueve como las mismas líneas de tráfico en el puente internacional. Tal vez por eso el maratón aquí no es sólo deporte: es afirmación. A cada paso repites sin decir: “Estamos aquí, seguimos aquí”.
Hay un momento en la ruta, cuando las piernas ya no obedecen y el cuerpo quiere pactar una rendición, en que la ciudad se vuelve más honesta. Las colonias pasan más despacio, los cerros al fondo se ven más nítidos, el cielo despejado y abierto recuerda lo frágil que uno es. Y justo ahí aparece la magia de Juárez: una especie de abrazo rudo que no se siente con los brazos sino con la voluntad. Te sostiene sin suavidad, como si dijera: “si yo pude, tú también”.
Porque Juárez vive en modo maratón. Cada día. Afronta distancias largas, climas extremos, miradas ajenas, opiniones importadas. Y aún así, avanza, se reinventa, se mueve, respira, arde y, cuando puede, celebra.

El Paso Texas

Desierto de Samalayuca
La meta en Juárez no es sólo un arco inflable, es una declaración, no importa si la cruzaste a toda velocidad, caminando o luchando contra tu mente que te dice a cada paso “ya no más”: en ese momento te vuelves parte de una ciudad que aprendió que el mérito no está en llegar primero, sino en no rendirse antes.
Por eso el Maratón de Ciudad Juárez no es solo una competencia; es un retrato. Uno que cambia cada año, pero conserva un hilo común: aquí, en esta esquina del mapa donde un río separa mundos y un puente intenta unirlos, la gente corre para recordar que la vida también se alcanza a punta de pasos cansados. Y al terminar, cuando el desierto vuelve a calentar el asfalto y la ciudad retoma su ritmo habitual, uno entiende algo que solo Juárez puede enseñar: que no hay frontera más difícil que la que uno mismo coloca, y que cruzarla —aunque duela— siempre vale la pena.
